José Luis Arrieta ve en la tele cómo su hijo juega a los dados con el destino y gana
En el Pirineo, Mitxelena, Oreja y José Joaquín llegaban a Pau cargados con ajoarriero y otras cosas, y un niño observador, Igor, sentado en el coche. Paraban en los hoteles de sus amigos, el equipo de Arri, y siempre prestaban atención a los detalles del ciclismo. Con el tiempo, Igor fue sumergiéndose en este mundo mientras su padre, José Luis, pasaba de ser director de la Caisse d’Épargne a Movistar. Durante los días de descanso del Tour, José estaba con los mecánicos, y su hijo le ayudaba, aprendiendo sobre el material y las bicicletas. En sus interacciones, hablaban en monosílabos sobre carreras de ciclocross y montañas.
Ya retirado de las responsabilidades del ciclismo, Arri disfruta de las tardes de mayo viendo el Giro en la televisión, con Igor, ahora un joven de 23 años, en el fondo. Este último juega con el destino mientras enfrenta al granizo que cae sobre él y el asfalto mojado de la región de Basílicata. El relato transmite un profundo vínculo entre padre e hijo, vinculándose a través de su pasión por el ciclismo y las experiencias compartidas, desde la formación hasta las carreras, remarcando la conexión emocional a lo largo de los años. Las referencias al clima y las circunstancias en las que compiten los ciclistas añaden un sentido de desafío y perseverancia al relato. En resumen, es una crónica sobre la evolución de una relación familiar en el contexto del ciclismo competitivo.