Una escuela de mariachi de Nueva York persiste y prospera en los tiempos antiinmigrantes de Trump

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En un centro recreativo parroquial en Queens, las actividades comienzan a cobrar vida durante una fría noche de miércoles. Los estudiantes, de diversas edades, llegan uno a uno, saludando a aquellos que ya esperan. Desde las aulas cercanas, se escuchan los acordes de violines y guitarras mientras una niña apresura su ensayo, cargando un estuche de violín que casi le supera en tamaño. Los padres, muchos de los cuales son también estudiantes, se acomodan en el pasillo, anticipando sus clases.

La comunidad en Queens se sumerge en la música, uniendo generaciones a través del aprendizaje y la práctica. Las imágenes tomadas durante diversas ocasiones revelan momentos cotidianos: Anthony regresa en autobús a Harlem después de tocar en celebraciones del 4 de julio, mientras que Dyana ensaya en su hogar, destacando el dedicación y esfuerzo de los jóvenes músicos.

En una noche festiva, Alejandro, Emanuel y otros mariachis esperan ansiosos su turno para tocar en otra fiesta, reflejando el espíritu de comunidad y la pasión por la música que resuena en este rincón de la ciudad. Cada ensayo, cada presentación, es un recordatorio de la importancia del arte en la vida diaria y de cómo la música puede conectar personas a través de diferentes ámbitos. En este entorno, la mezcla de tradición, talento y unión se convierte en un lenguaje universal que trasciende las barreras culturales.


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