Testigo de toda la vida de Nicolás Maduro
Nicolás Maduro es el único que ha envejecido visiblemente desde su primera aparición ante un tribunal federal en Nueva York, hace tres meses. Acusado de delitos graves como tráfico de drogas, posesión de armas y corrupción, fue traído por la fuerza durante una operación militar estadounidense y apareció con el uniforme de preso federal. Ahora utiliza lentes de presbicia para revisar documentos en su audiencia, donde se debate si se le permitirá acceder a fondos venezolanos para costear su defensa.
Han transcurrido más de 25 años desde que conocí a Maduro y a Cilia Flores, ambos figuras clave en la Asamblea Nacional Constituyente de 1999. En aquel entonces, yo era un reportero político joven y ellos, incipientes líderes del régimen que ha gobernado Venezuela desde entonces. Ahora, al volver a verlos en Manhattan, siento una profunda mezcla de incredulidad, pérdida y amargura. Mi vida ha avanzado y, al mirar a Maduro, se refleja el paso del tiempo, pero también el impacto devastador que su gobierno ha tenido en mi país. La experiencia de estos años de poder ha dejado una huella imborrable no solo en él, sino en toda Venezuela. La nostalgia por lo que fue y la resignación ante lo que hemos vivido me abruman en este reencuentro.