Laureles manchados de sangre en Siria: “No somos culpables de nada, excepto de querer alimentar a nuestras familias”
Jihad, un hombre de 71 años, se sienta en la entrada de su hogar en Darmin, al este de Siria, reflexionando sobre su dolor. Habla de las jornadas en las que él y sus hijos recolectaban hojas de laurel: salían al amanecer y regresaban al anochecer, cargados con sacos de su cosecha. Su voz, al principio firme, comienza a temblar a medida que recuerda el angustiante desconocimiento sobre quién regresaría de sus expediciones al bosque. Este ritual, marcado por la incertidumbre, revela las tensiones de una vida en medio de la pobreza, donde la recolección de laurel se vuelve una necesidad más que una opción.
En el este de Siria, la crisis económica ha obligado a muchos menores a dejar la escuela para trabajar y ayudar a sus familias, empujándolos a una vida de esfuerzo y sacrificio. La imagen de niños recolectando hojas de laurel refuerza la dura realidad que enfrentan: el trabajo laborioso en las montañas en busca de una supervivencia básica. Este paisaje de sufrimiento y resiliencia resalta cómo la guerra y la pobreza han transformado la vida cotidiana de los sirios, obligándolos a enfrentar decisiones difíciles y a cargar con el peso del dolor y la incertidumbre. Cada recolección de hojas de laurel encierra una historia de amor por la familia y una lucha constante por la vida en medio de adversidades abrumadoras.