El concierto de Año Nuevo de Nézet-Séguin y la democracia cultural
He comenzado el año con un espíritu tribal, disfrutando del entusiasmo colectivo, como un ferviente aficionado celebrando la victoria de su equipo. Me he dejado llevar por la energía vibrante de Yannick Nézet-Séguin durante el Concierto de Año Nuevo, una experiencia inusual y estimulante para mí, ya que normalmente me siento parte de una minoría en estos contextos. Mi inclinación natural es al lado de los escépticos y los críticos, aquellos que prefieren observar desde la distancia y no arruinar la diversión ajena, pero que tampoco encuentran razones para unirse a la celebración.
Este nuevo enfoque, sin embargo, me ha permitido saborear una sensación fresca y distinta, emulando a quienes disfrutan plenamente del momento. Dejo de lado mis reservas y, en lugar de ser un mero espectador, me entrego a la jubilosa atmósfera del evento. Esa transformación me resulta tanto sorprendente como liberadora.
Aprovechar el entusiasmo en lugar de resistirme a él, me ha brindado una perspectiva refrescante. Este año, en vez de mantenerme al margen, siento el impulso de participar activamente en el gozo de los demás, dejando atrás mis predisposiciones críticas. Celebro, por tanto, la posibilidad de unirme a la marea de gozo de las masas, reconociendo el deleite que puede surgir incluso en momentos que antes me resultaban indiferentes. Este cambio de actitud marca el inicio de un nuevo capítulo que promete ser igualmente emocionante y revelador.