Cercan a Peña desde su propio entorno político
El arranque de una nueva etapa encuentra al presidente en una situación de máxima incomodidad política, presionado por su propio espacio ante la crisis económica, el desgaste de gestión y la creciente exigencia de cambios en el gabinete para evitar un mayor deterioro del Gobierno.
La salida del entonces ministro de Economía Carlos Fernández terminó de detonar una crisis que venía gestándose en silencio dentro del oficialismo. Su anuncio de que el país ingresaba a una fase de «economía de guerra», en medio de problemas de recaudación, deudas millonarias con proveedores y tensiones fiscales, no solo encendió alarmas en el ámbito económico, sino que abrió una grieta política dentro del propio Partido Colorado. Lo que inicialmente parecía una advertencia técnica terminó convirtiéndose en un factor de desgaste para el Gobierno y, finalmente, en su salida.
El concepto del segundo tiempo y el mensaje interno
Ese episodio marcó el cierre de un primer tiempo que dejó más dudas que certezas. A partir de allí, comenzó a instalarse con fuerza el concepto de un «segundo tiempo», impulsado desde el propio oficialismo, pero acompañado de un mensaje cada vez más contundente: es necesario corregir el rumbo. La presión ya no proviene únicamente de sectores opositores, sino que emerge desde figuras clave del mismo espacio político que sostiene al presidente.
Leite rompe el silencio y desata el conflicto
Uno de los primeros en romper el silencio fue el embajador paraguayo en Estados Unidos, Gustavo Leite. Sus declaraciones generaron un fuerte impacto al cuestionar abiertamente la conducción económica del Gobierno. Calificó el anuncio de la «economía de guerra» como un «balde de agua fría» y sostuvo que existían dudas sobre la real dimensión de la deuda con proveedores del Estado. Además, contrastó la actual gestión con administraciones anteriores, afirmando que en otros periodos se cumplía con los compromisos en tiempo y forma.
La respuesta de Peña y la incomodidad en el poder
Las palabras de Leite no pasaron desapercibidas y obligaron al propio presidente Santiago Peña a responder. Si bien buscó bajar el tono del conflicto, dejó en evidencia su incomodidad al señalar que se trataba de una opinión personal y que ese tipo de expresiones no son habituales en el ámbito diplomático. La respuesta, lejos de cerrar el episodio, confirmó que la tensión había escalado a niveles poco habituales dentro del oficialismo.
Nicanor eleva la presión política
Pero el frente interno continuó tensionándose. El expresidente Nicanor Duarte Frutos elevó aún más el tono de las críticas y apuntó directamente a la conducción política del Gobierno. Habló de soberbia, advirtió que ese comportamiento puede anticipar una caída y remarcó que existe un reclamo generalizado por cambios en el gabinete. Incluso sostuvo que el vicepresidente Pedro Alliana ya venía planteando la necesidad de realizar modificaciones dentro del equipo de gobierno.
Críticas a la gestión y desconexión con la realidad
Nicanor también cuestionó la desconexión entre el Ejecutivo y la realidad cotidiana de la ciudadanía. Señaló que el Gobierno no puede limitarse a una gestión burocrática y distante, sino que debe asumir un rol más activo frente a problemas concretos en áreas sensibles como salud, educación y asistencia social. Además, deslizó que la preocupación por la marcha del Gobierno alcanza incluso a la conducción partidaria, lo que expone el nivel de inquietud existente dentro del oficialismo.
Ovelar instala el segundo tiempo con exigencias
En paralelo, el senador Silvio Ovelar reforzó la idea de que el Gobierno ingresa a una nueva etapa, pero dejó en claro que eso implica decisiones concretas. Instaló con fuerza el concepto de «segundo tiempo», aunque acompañado de un reclamo explícito: el presidente debe realizar más cambios en su gabinete. Según su planteamiento, no alcanza con un solo movimiento, sino que se requieren al menos dos o tres modificaciones adicionales para dar una señal clara de reacción política.
Alliana confirma la presión interna
El propio vicepresidente Pedro Alliana terminó de confirmar el clima interno al reconocer que ya había sugerido cambios en varios ministerios. Señaló que algunas de esas recomendaciones fueron atendidas, pero que otras siguen pendientes, lo que refuerza la idea de que la presión por ajustes en el equipo de gobierno no es reciente, sino que viene acumulándose desde hace tiempo dentro del círculo de poder.
El cambio en economía como primer movimiento
En este contexto, la designación de Óscar Lovera como nuevo ministro de Economía y Finanzas aparece como el primer movimiento concreto de este «segundo tiempo». El presidente lo presentó con el objetivo de mejorar la eficiencia del gasto público y fortalecer el funcionamiento económico, en un intento por transmitir control y capacidad de reacción. Sin embargo, la decisión también fue interpretada como una respuesta a la presión interna más que como una iniciativa planificada.
Una crisis más profunda que el cambio de nombres
El problema de fondo, no obstante, va más allá del cambio en el Ministerio de Economía. Las críticas que se multiplican dentro del oficialismo apuntan a una cuestión más amplia: la necesidad de liderazgo, de mayor capacidad de gestión y de respuestas efectivas en áreas clave del Estado. Salud sigue bajo presión por las deudas con proveedores, obras públicas enfrenta reclamos por pagos atrasados, la seguridad obligó a recientes movimientos en su estructura y la educación continúa mostrando signos de fragilidad.
El segundo tiempo arranca bajo presión
Así, el llamado «segundo tiempo» del Gobierno no comienza como una etapa de consolidación, sino como un intento de recomposición en medio de un escenario adverso. La presión interna, lejos de disminuir, se intensifica y se vuelve cada vez más explícita. Las principales figuras del oficialismo ya no disimulan su preocupación y exigen resultados concretos en el corto plazo.
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Un liderazgo en disputa dentro del oficialismo
La paradoja es evidente. Mientras el presidente busca instalar la idea de una nueva fase con mayor eficiencia y control, desde su propio espacio político se multiplican las señales de impaciencia. Las declaraciones de Gustavo Leite, Nicanor Duarte Frutos, Silvio Ovelar y Pedro Alliana, cada una con su matiz, convergen en un mismo punto: la necesidad urgente de cambios.
En ese escenario, Santiago Peña enfrenta uno de los momentos más delicados de su gestión. Ya no se trata únicamente de administrar una economía tensionada, sino de sostener el liderazgo dentro de un oficialismo que comienza a mostrar fisuras. El cerco político no proviene de la oposición, sino de su propio entorno, y el margen de maniobra se reduce a medida que crece la exigencia de resultados. El segundo tiempo ya empezó, pero el reloj corre con presión creciente sobre el propio presidente.